En Psicología y en el ámbito sociosanitario, la investigación científica genera cada año miles de estudios. Sin embargo, disponer de evidencia no garantiza por sí mismo que esta llegue a la práctica profesional. Para reducir esta distancia entre investigación e intervención, organismos como el National Institute for Health and Care Excellence (NICE) elaboran guías de práctica clínica basadas en revisiones sistemáticas y en la evaluación rigurosa de la calidad de la evidencia.

Las guías del NICE no se limitan a resumir investigaciones. Un comité multidisciplinar analiza los resultados disponibles, valora la solidez metodológica de los estudios, considera los beneficios y riesgos de cada intervención, incorpora aspectos relacionados con la equidad y la experiencia de las personas usuarias y, finalmente, formula recomendaciones dirigidas a profesionales, gestores y responsables de los servicios.

Un ejemplo es la guía sobre autolesiones, revisada por NICE en 2024. Sus recomendaciones abarcan la evaluación psicosocial, la coordinación entre servicios sanitarios y sociales, la implicación de familiares cuando resulta apropiado, el seguimiento tras la atención inicial y la formación de los profesionales. El objetivo no es únicamente mejorar la atención clínica, sino también favorecer intervenciones coordinadas y centradas en la persona.

Desde la Psicología de la Intervención Social y Comunitaria, este proceso constituye un excelente ejemplo de cómo la evidencia científica puede convertirse en decisiones concretas para la práctica. Las guías de práctica clínica representan uno de los principales mecanismos de transferencia del conocimiento, permitiendo que los resultados de la investigación se traduzcan en actuaciones más eficaces, seguras y equitativas para la población.